Cuentan las antiguas antiguas que hubo hace siglos, en un oscuro callejón de la antigua Venecia, un arlequín cuyas historias y poemas acompañaba con su amada, su compañera. Ésta, muñeca de porcelana esculpida por sus manos, guardaba una larga y trágica historia, la que pesaba sobre ambos. Años atrás había existido una joven bailarina, danzaba entre y para la pobreza, para que mendigos y niños abandonados no dejasen morir su alma.
Maltyse era el nombre de la muchacha bailarina, y cada vez que comenzaba su baile hasta los ennegrecidos muros de la calle la observaban. Pero no todo era tan bonito como lo hacía ver en sus danzas. Una grave enfermedad amenazaba con llevársela cualquier día, en cualquier momento.
Mientras pintores y poetas extranjeros la pintaban y observaban, un pobre arlequín, con sus menudas manos, tallaba en madera su figura danzante.
Cuando una noche, después del último espectáculo de la bailarina, la siguió hasta un angosto callejón, la encontró tendida en el suelo, rodeada de palomas curiosas. El arlequín se acercó presuroso y se inclinó para darle la vuelta. Cuando consiguió girarla del todo la vio pálida y ojerosa, un hilo de sangre recorría la comisura de su boca y caía hasta su pecho, manchando su andrajoso y único vestido.
El joven arlequín la cogió en brazos y la llevó hasta su casa, un castillo abandonado y deteriorado por el tiempo.
Finalmente, y gracias a los cuidados del muchacho, la bailarina despertó. Miró a su alrededor y se descubrió a sí misma tallada en cientos de estatuas de madera. Todas eran igual de hermosas, tan hermosas como ella.
Su mirada topó con lo que parecía ser otra estatua más, pero a mayor escala.
Estaba tapada por un velo de gasa por lo que podían adivinarse unos hilos por debajo de éste.
Se acercó tímidamente hasta el objeto tapado, sintiéndose ladrona del secreto que albergaba bajo el velo. Tiró de éste y ante su asombro descubrió otra bailarina más, pero de porcelana.
Varios hilos pendían de las extremidades de la bailarina haciendo que, gracias a las articulaciones movibles que el arlequín había creado, se pudiese mover.
La bailarina acercó su mano hasta rozar con los dedos las facciones de la bella estatua, su boca, sus ojos cerrados...
Nada más tocarla sintió como una fuerza invisible empujaba su alma a salir de ella.
Se debatió intentando alejarse de la bailarina de porcelana, pero era incapaz de alejar la mano.
Un último grito fue arrancado de su garganta antes de perecer para siempre.
Cuando el arlequín llegó al antiguo castillo provisto de dos trozos de pan, descubrió en el suelo de la habitación, donde se había alojado la bailarina, su andrajoso vestido, y encima de éste la muñeca de porcelana esculpida por sus manos. Pero había algo especal en la figura, sus ojos se habían abierto.
El arlequín pintó de verde los ojos y entre lágrimas y sollozos cosió un vestido para la muñeca con la tela del de su amana bailarina, sin olvidarse de añadir un hilillo de tinta roja que descendía de la boca de la figura hasta el vestido, manchándolo de por vida.
Desde entonces el joven arlequín acompaña sus tristes historias con la compañía de la bella bailarna de porcelana, haciéndola danzar gracias a los hilos que creó.
El arlequín de Venecia
sábado, 12 de septiembre de 2009
Vómitos
miércoles, 11 de marzo de 2009
Anoche, todos queríamos lo mismo: vomitar. Así que nos vestimos, desde hacía tanto tiempo que no cubríamos nuestros cuerpos y salimos al exterior. Fuera, la noche era libre, la luna apenas se vislumbraba en el cielo y las nubes dibujaban oscuros surcos en la oscuridad de la Nada que cubría el cielo, recogiéndonos de la luz de las estrellas y del alo de vida de los licántropos cual cripta nos recogía durante todo el día bajo tierra.
Sin embargo, estar allí afuera era algo agobiante: el aire recorría nuestras carnes bajo los abrigos negros roídos por las ratas y sentíamos el frío en nuestras pieles, deseosas de escupir el aliento de vida que habíamos de tener si queríamos sobrevivir allí.
Porque en el fondo, todos queríamos morirnos. Sin embargo, nadie lo decía.
Nos dedicábamos a pasar los días y las noches encerrados entre las paredes de un habitáculo que para ningún otro ser humano podría considerarse como tal, comíamos de los bichos que se agazapaban del frío entre nuestras paredes y que llegaban a nosotros por el olor de sus congéneres muertos, restos de nuestra cena de la noche anterior. Llegaban, hambrientos, y cuando se disponían a comer la carne recién encontrada uno de nosotros le clavaba un trozo de hierro en el cuello y lo retorcía hasta que el roedor dejaba de gritar. Entonces, en una pequeña hoguera que encendíamos con la madera que robábamos de las tumbas más antiguas, era cocinado y comido, compartido por todos. Luego dejábamos sus restos en los agujeros por los que podían acceder otros como él, y esperábamos.
Nuestro menú variaba entre los distintos tipos de animales que allí podían presentarse: normalmente eran ratas, con menor frecuencia ratones, y de vez en cuando oíamos el lamento un perro que, sin saberlo, nos avisaba de los mendigos que se aventuraban en nuestro terreno en busca de tranquilidad y nos abalanzábamos sobre ellos para cortarles el cuello y acabar con sus vidas.
Tiempo atrás, aquello había hecho mella en nosotros de forma que oíamos sus gritos por las noches, sus imágenes muertas se adentraban en nuestras pesadillas y sus cadáveres a medio comer se presentaban en nuestras visiones en busca de venganza. Ahora, lo único que sentíamos era… saciedad. Saciedad por habernos alimentado.
Tal vez sea verdad que con el tiempo las personas se vuelven insensibles. Tal vez sea verdad que ser insensible es hacerse más fuerte. En nuestro caso, lo es. Y lo comprobamos cada vez que giramos la cabeza hacia nuestra izquierda cuando salimos de la cripta y vemos los restos de lo que hace tiempo fue la ciudad donde me crié, la misma que ahora sólo es un montón de ruinas entre las que se esconden decenas de personas en nuestra misma situación, con la diferencia de que ellas se adentran en los edificios en busca de dinero y piensan que todavía queda en los supermercados algo de comida que robar. …Qué ilusos.
Nosotros, al menos, sobrevivimos. Y sobrevivimos porque somos los más fuertes, somos quienes mejor nos alimentamos porque comemos carne, somos los únicos que comemos carne, y cuando todo haya pasado, saldremos de aquí.
En el caso de que esta situación se extienda demasiado tiempo, yo soy una mujer, y mis compañeros son hombres. Siempre podría ser utilizada para procrear. Al fin y al cabo, la especie ha de sobrevivir y yo soy el medio. Entre nosotros hay una unión de manada, el que fuera mi hermano en tiempos de vida sólo es ahora uno más de nosotros, yo sólo soy uno más, y el llegado desde más lejos es el que se ha proclamado, sin que nadie lo haya mencionado nunca, sin que se haya hablado de ello jamás, como el líder de la manada. Todo el mundo le escucha con el mismo respeto que él a los demás, pero la diferencia es que es quien mejor sabe organizarnos tácticamente para que cada uno explotemos con mayor habilidad nuestras capacidades a la hora de cuidar de todos.
Cada uno de nosotros teníamos una historia diferente que contar. El que en otros tiempos fuera hermano mío no era más que el convicto que había escapado de prisión cuando se produjo el motín a raíz del caos que estaba comenzando a reinar en la ciudad. El resto, no eran sino más hombres y mujeres que habían llegado transeúntes en busca de un refugio y se habían topado con nosotros a la hora de esconderse. Por aquel entonces ya comenzábamos a volvernos raquíticos y la desnutrición se notaba en nuestra piel.
Todas las ciudades habían dejado que el caos se apoderase de ellas poco a poco. Los gobiernos, caídos ante ellos mismos por el desastre mundial que estaban ocasionando, no supieron reaccionar ante las protestas de la población y comenzó paralelamente en distintas partes del mundo un movimiento revolucionario que terminó, en menos años de los que se pudiera imaginar, con la sociedad civilizada en este planeta.
Así que los que pudimos, en lugar de luchar, conscientes de que luego no quedaría prácticamente vida, nos refugiamos en donde encontramos y nos preparamos para el Fin del Mundo, esperando encontrar más como nosotros cuando esto acabase.
Sin embargo, terminó. Pero no encontramos a nadie. Murieron muchos millones de personas y la civilización cayó, probablemente para siempre. Y lo peor es que los que hemos sobrevivido hemos visto cómo no había más ejércitos que luchasen entre ellos porque se mataron, ni más ciudadanos que peleasen entre ellos porque se mataron, ni más, en definitiva, personas, porque todas se mataron entre ellas.
Podría parecer un virus, ¿verdad? Un virus que se ha adueñado de la gente y ha ocasionado que entre todos acaben con sus vidas. Pero no fue un virus, al menos no un virus como lo conocemos, porque lo que fue es en realidad ana auténtica PLAGA. Una plaga que le lavó el cerebro al mundo entero, una plaga que engañó a la población para llevarla a su seno y quitarle todo su dinero, una plaga por la que todos rezaban esperanzados ante sus promesas de una vida mejor que les sacara de aquel maldito agujero infernal en el que se estaba convirtiendo nuestra pobre Tierra cuando se acercaba el fin de la vida en ella, a causa del Sol que, próxima su muerte, se hinchaba como un globo y calentaba el planeta más y más.
Y ellos creyeron a la Plaga. Creyeron sus palabras y que había soluciones al problema, que podrían cogerse naves y salir volando para otro lugar. Y que si no sucedía era culpa de los gobiernos… y todos se tiraron a por ellos. Pero la población fue demasiado grande para los gobiernos, que se vieron caídos en su poder y muertos, y después no quedaban personas capaces de tomar decisiones para saber qué hacer. La Plaga se encontró con que no podía disfrutar el dinero estafado a millones de personas en el mundo y terminó por caer en una matanza colectiva a nivel mundial que se sucedió entre los defensores de la misma y los que comenzaron a surgir como detractores. De sus líderes, no sé qué fue. Pero tampoco es importante ahora, porque ahora sólo importa sobrevivir.
Desde entonces la población disminuyó drásticamente y el calentamiento del planeta ha ido acabando con los más débiles de entre esos fuertes que quedaron.
Nosotros nos mantenemos aquí, bajo tierra, sintiendo como el mundo se pudre todos los días, sin vestimentas, con el único objetivo de llegar vivos al día siguiente y de no salir cuando hace calor. Nuestros cuerpos carcomidos por nuestras precarias condiciones ya no resultan más que desechos de carne y poco a poco sentimos como nosotros también nos vamos debilitando. ¿Realmente me vale la pena tener un hijo? Necesitamos sangre nueva, pero no tenemos como mantenerla. Incluso yo, no sé si sobreviviría al embarazo, y lo último que puede permitirse este grupo es perder a la única mujer. Pero si hiciera falta, nos comeríamos entre nosotros para mantener una nueva vida. Es algo que ya hemos hablado, y en lo que estamos todos de acuerdo. Además, para todos resulta más atractiva la idea de resultar útil a los compañeros después de muerto que podrirse o ser la comida de las alimañas vivas que puedan aparecer por aquí.
Esta noche, en la que queremos vomitar, en la que estamos hartos y hemos visto la muerte de dos compañeros en poco menos de un mes, hemos salido de nuestra cripta y vislumbramos el cementerio.
En la ciudad no se percibe luz alguna, ni siquiera la de una mínima hoguera, y la luna está tapada por las nubes. Sin embargo, en la Nada de ahí arriba la negrura es total. Pero pronto el cielo estará morado, ligeramente anaranjado, señal de la luz del Sol que comenzará a aparecer como preludio a la muerte de aquellos que se expongan a ella, en un avanzado circo cánceres de piel y quemaduras entre las víctimas de la luz.
A nuestro alrededor, las plantas están totalmente muertas, sólo se mantienen ligeramente podridas aquellas que tienen la suerte o la desgracia de estar en lugares más cercanos a las lápidas porque reciben su sombra, y nos preguntamos si deberíamos comérnoslas ya o esperar a sentir mayor emergencia en nuestro estómagos.
Uno de nuestros compañeros ha roto a llorar en silencio. Todos le oímos, pero ninguno le miramos. Es la ley de la manada. El débil muere solo pero los fuertes se ayudan entre ellos. Si le mostramos apoyo, podrá debilitarse en sus obligaciones por sentirse ayudado y volverse más sensible. Aunque se nos rompa el corazón, hemos de ignorarlo para que sienta que ahora no sirve de nada lamentarse, y que tenemos que seguir adelante. Yo misma he llorado cientos de veces, pero nadie me ha hecho el más mínimo caso. Y se lo agradezco.
Sin embargo, nuestro amor es inmenso. Entre nosotros hay una unión perfecta y ninguno estamos dispuestos a abandonar a nadie de la manada, a menos que eso pudiera perjudicarla. Ya no somos capaces de sentir un cariño especial por alguien, ya no somos capaces de amar a una persona, ahora sólo somos individuos que se aferran a la vida, y para aferrarse a la vida, han de aferrarse entre ellos. Probablemente, ese es el nuevo amor del planeta, no creo que queden personas capaces de quererse individualmente. Eso ya no sirve de nada, a menos que ayuden a la reproducción.
Pero hoy hemos salido a vomitar.
Estamos asqueados y el perro que venía a anunciarnos la llegada de nuestras presas a cambio de un trozo de carne ya no viene desde hace varios días. Tampoco llueve y nos estamos quedando sin agua. Y al pasar el tiempo y ver que no tenemos a dónde ir ni cómo sobrevivir, sintiendo como la temperatura, incluso en nuestra fría y oscura cripta, aumenta cada vez más y sin más temas de conversación que hipótesis sobre lo que les habrá pasado a los que hayan quedado ahí fuera, sentimos cómo nos morimos.
Y esta noche, después de varios días encerrados, hemos salido aquí, al cementerio, al único lugar donde los muertos reposan con tranquilidad, a vomitar. Nos estamos pudriendo como ellos, y en el fondo los envidiamos porque pueden descansar y están mejor guarecidos que nosotros. Probablemente, son los que más suerte han tenido de todos…
Ha llegado la hora.
Nos acercamos con nuestros abrigos roídos a la sacristía, des ventanas rotas y los bancos arrancados para lo que fueran nuestras hogueras, pequeñas imitaciones de cocina para asar las ratas cazadas. La estancia está llena de polvo y los huecos en donde antes hubiera una virgen ya no están iluminados. Los cristales de los ventanales rotos están esparcidos por el suelo y habemos de caminar con cuidado para no pisarlos con nuestros pies descalzos, no es necesario sufrir más de lo exigido. La enfermedad está haciendo demasiada mella en nosotros. Mejor no hablar sobre ello. Simplemente, soy bastante explícita cuando digo que somos muertos en vida, auténticas almas en pie, que quieren irse ya al otro mundo.
Entramos en la sacristía y ante el cristo nos desnudamos. Les doy a mis compañeros una dosis de placer que todos necesitábamos, nos dejamos llevar, me abro y les dejo disfrutar, aunque a mi me duele y siento que es demasiado largo. Después nos besamos uno a uno, nos damos las gracias por estar ahí, y uno de mis compañeros, el líder, coge el cristo clavado en una vara de hierro, alta y delgada, al lado de la pila donde tiempo ha se encontrase el agua bendita. Esa agua que nos habíamos bebido, y que no nos había proporcionado ningún tipo de satisfacción especial.
- Bien, ¿quién quiere ser el primero?
Mi compañero, el que lloraba en silencio, levanta su brazo y se acerca. Se tumba en el suelo boca abajo con la cabeza de lado mirando hacia sus pies, mientras nosotros, junto a nuestros abrigos en el suelo, nos encontramos de rodillas y mirando hacia abajo esperando a que llegasen nuestros momentos.
- Gracias – dijo.
Al momento, el líder bajó la cruz y se la clavó en la cabeza. Murió en el instante, y su llanto dejó de escucharse.
Ninguno pronunciamos palabra.
Segundos después, dos de nosotros salieron hacia fuera y comenzaron a vomitar.
Sin embargo, los demás no. Yo me preguntaba si de verdad se acababa todo aquí. Me costaba aceptarlo, pero era más duro aún ver cómo me iba muriendo despacio día tras día. Los que habían salido pronto volvieron a entrar, y por voluntad propia, sabiendo que no lo iban a aguantar si alargaban su espera más, fueron los siguientes.
Como mujer que era, como la única mujer que era, me tocó esperarme hasta el final por si quería sobrevivir con alguno de los hombres en algún momento, y tuve que ver como todos mis compañeros de manada eran vomitados de la vida uno a uno en fila, dando las gracias antes de su muerte.
Cuando sólo quedábamos el líder y yo, en medio de un charco de sangre y con los vómitos de vida a nuestras espaldas, me preguntó qué quería hacer.
Sintiendo que quería llorar, recordé mi infancia feliz en casa, jugando con muñecas y abrazando a mi madre, y le pregunté qué éramos en realidad.
- Las manadas no hacen estas cosas – le dije también entre lágrimas.
- Nosotros ya no somos una manada. No somos ni siquiera humanos. Sabemos que vamos a morir.
Tenía razón.
Este sufrimiento era la consecuencia de todo lo que habíamos hecho durante generaciones. Ahora sólo merecíamos ser castigados.
Rompí a gritar desesperada y me dejé caer a sus pies, rogándole entre lágrimas que acabase de una vez.
- Nos veremos más allá.
Apreté los puños y cerré los ojos con fuerza. Sentí un dolor punzante en la cabeza, y todo se volvió oscuridad.
...
Pero abrí los ojos. El dolor era inmenso y todo estaba borroso, sin embargo, no se vislumbraba ningún tipo de luz y no podía imaginar cómo sería el Más Allá. ¿Y si me había adentrado en la Nada?...
Cuando conseguí recuperar la visión, en un dolor insufrible, vi al líder tendido a mi lado en medio de la oscuridad. Reconocí el polvo que había a nuestro alrededor y el olor a sangre de mis compañeros.
Estaba viva, el líder no me había matado. Pero él estaba a mi lado, con el cristo clavado en el corazón.
Sólo quedaba yo…
Me intenté incorporar, pero no podía moverme. Tenía que acabar de vomitar mi vida, la vida tenía que acabar de vomitarme a mí, no quería que se hiciera de día o me quemaría, y lo peor es que estaba empezando a hacer mucho calor. Torcí la vista hacia las ventanas y vi que estaba amaneciendo, me desesperé: mi dolor comenzó a ser cada vez mayor, el olor a sangre me mareaba y el calor era insoportable, los rayos del sol estaban entrando por la ventana y me moriría despacio si seguía ahí. Sería horrible.
… Y tenía sed, y comenzó a pasar el tiempo, no tenía fuerzas para gritar, lo único que podía razonar era que el cristo no se me había clavado en la cabeza, sino que me había atravesado el hueso por el lateral del cráneo, no había tocado mi cerebro. El líder debía haberse puesto nervioso. Tal vez tuviera algo que ver con esas sonrisas que me echaba de vez en cuando, que me hacían pensar que a lo mejor para él el amor era algo más que la protección mutua entre los miembros de la especie.
Qué calor… qué sed… Me moría, me estaba muriendo despacio, ¿dónde estarían ellos ahora? Me dolía todo el cuerpo, la luz que entraba por las ventanas era ya cegadora. No resistía más, quería gritar, agotar mis energías y morir de una vez, pero no podía, no podía.
No tenía energías para agotarme.
…Así que volví a sentir cómo mis lágrimas caían por mi cara por última vez, y recordé aquellas imágenes de mi infancia cuando todavía era inocente y mucho más feliz. Recordé que por aquel entonces quería a mi hermano más que ahora… ¿qué me había pasado? ¿Por qué había perdido ese cariño? De repente le extrañé, le quería a mi lado y que me diese un abrazo, que me cuidara y me protegiera de ese dolor… pero ya no estaba ahí. Ahora sólo era un individuo, y ambos lo habíamos querido así. Habíamos renunciado a toda una vida juntos por el hecho de sobrevivir. ¿Acaso no habríamos podido sobrevivir igual, sin dejar de querernos como hermanos?
Quise volver la cabeza para mirarlo, pero no podía. Sólo estaba el olor de la sangre penetrante que salía de mí. Él estaba allí, era quien había llorado. ¿Por qué no le había abrazado? Dios mío, mi hermano había muerto y le había dejado sufrir en silencio hasta el momento de su muerte, él siempre me había protegido y, ahora que me necesitaba, yo le había dado la espalda por nuestras reglas…
Me perdonaría… ¿me perdonaría algún día?
El calor era abrasador.
Cerré los ojos pero la luz era tan inmensa que ni ahí podía sentir la oscuridad de la Nada. No podía irme, pero quería morirme ya. Quería que la vida terminase de vomitarme de una vez, quería terminar de vomitar mi último alo de vida de una vez… por favor…
Y dejé cerrados los ojos, hasta que dejaron de salirme lágrimas porque no me quedaba agua que expulsar. Mi boca estaba seca y mis labios se habían cortado y sangraban, la lengua y la garganta me dolían de aspereza, notaba como el sol quemaba despacio mi cuerpo desnudo tendido en el suelo… y el dolor en de mi herida era tan intenso que mi mareo aumentaba por momentos... hasta que ya no fui consciente de dónde estaba, porque no podía apenas ver.
Hasta que ya no fui consciente de mis compañeros, porque no podía distinguirlos entre la inmensa luz.
Hasta que ya no fui consciente de la sangre que no me dejaba respirar, porque era lo único que podía sentir.
Hasta que ya no podía notar nada.
Hasta que, finalmente, después de varias horas y de quemarme despacio y con tranquilidad, totalmente viva, expiré mi último aliento, vomitando la vida que quedaba en mí.
… Y morí.
La niña que soñaba
martes, 2 de diciembre de 2008
*Reproducir mientras se lee.
Lo escuchaba mientras escribía.
Me gusta caminar descalza, sentir la tierra húmeda y clara a mis pies, me imagino que estoy en el país de Oz y que pronto se convertirá en baldosines...
Continúo por mi caminito, a veces dando saltos y otras moviéndome muy despacio, cerrando los ojos, sintiendo el aire que me acaricia, soñando... me gusta sentir la brisa en mis pómulos, sentir mi cara que la sé sonrosada y elevar el cuello hasta dirigirla hacia arriba y notar la luz del sol afuera de mis párpados, sobre mí, que se calientan tibiamente con lentitud y suavidad...
Me paro, y extiendo mis brazos.
Quiero sentir la vida en mí. Quiero que venga volando con la brisa, que se tope conmigo y que se adhiera a mí, quiero sonreír, ser feliz, abrir mis labios como no lo he hecho nunca y despegar luego mis dientes, para reírme, reírme, reírme sin parar...!
¿Crees que podré?
Llevo un sombrero de paja, de ala muy ancha, típico de esos lugares de gente sencilla y mujeres antiguas que mostraban su estatus social con enomes pamelas... sólo que la mía es de paja, y está un poco estropeada por los filos.
Pero a mí me gusta, porque me parece muy bonita, aunque los demás digan que es fea.
Me gusta que, cuando me he parado, el viento la ha separado de mi cabeza. Mi pelo se ha quedado suelto, está muy largo, se me va a enmarañar, y de pensar que es tan libre y que no lo voy a tener que peinar, quiero volver a sonreír: mi pelo está libre. ¡Él es feliz!
Se ve rojizo oscuro con la luz de la vida, se ve como el flequillo me azota la cara con ilusión, se ve cómo mi liso se va enredando cada vez más... ay, vida, ¿es que estás llegando ya?
No me quiero mover más.
Quiero quedarme aquí, sentir si llega la felicidad, seguir sintiendo esas caricias, seguir sintiendo ese amor, esa libertad...
...y bajo mi rostro, buscando la mirada del suelo de arena fina que piso. Todavía no quiero abrir los ojos. Todavía no ha tenido tiempo de convertirse en adoquines. ¿Dónde está la magia? ¿Estará llegando ya?
Llevo un vestido blanco, siempre con mi vestido blanco. Pero esta vez soy una niña, y el vestido es más pequeñito. Me llega un poquito más abajo de las rodillas, es de tirantes finitos, y lo mejor de todo... de seda celestial.
La seda es preciosa.
La seda es amor, la seda es vida, la seda blanca te acaricia y te ama con cada roce que siente tu piel, la seda vuela como el aire la levanta, la seda ríe, se eleva sobre mis rodillas y deja respirar a mi piel... ¿La seda me quiere?
Con las manos en el pecho y mi cabeza gacha, todavía no he llegado a sonreír. Vida, ¿dónde estás? ¿Todavía no vas a llegar? ¿Serán ya de oro los adoquines del suelo? ¿Estará la magia a punto de aparcar? Seguro que viene cogida de la mano, unida a la vida. Seguro que son bellas, seguro que son la misma... seguro que cuando las vea, me ilusionaré.
Y levanto despacio mi cabeza, elevo mi mirada y vuelvo a situarme en mi caminito de sueños: miro al horizonte, entre los árboles llenos de vida, verdes y dulces de este bosque se vislumbra el cielo azul, que es más grande si miro hacia arriba, y arriba está el sol, ese sol enorme, iluminado... rebosante de vida. La brisa me sigue acariciando, siento que me trae amor, la tierra clara, que todavía no es adoquines, bailotea alrededor de mis pies descalzos, y mi sombrero... ¡ay, mi sombrero! ¿Dónde estará?
Y me di la vuelta, no lo vi por ninguna parte, volví a mirar al frente, seguía sin estar. ¿Se habría ido mi sombrero a vivir, ahora que ya era libre y no estaba posado en mí?
Levanté mis pies y no lo encontré, lo busqué, pero me había dejado. Mi sombrero ahora... seguro que era muy feliz. Tal vez mi vestido y mi pelo también se fueran si pudieran, pero estaban tan unidos a mí, tan aferrados a mi cabeza y a mi cuerpo, que no podrían vivir si yo no los dejaba ir, si yo no los soltase, si yo no los cortase, los separase de mí y les dijese "marchad, volad, sentíos libres: ¡eso es la felicidad!"
¿Debería dejarlos ir?
Decidí que sí. Y los amé, me desprendí de ellos y los dejé, para que se fuesen a vivir.
¿Pero dónde estaba la vida, que todavía no llegaba a mí?
Un poco más seria, sin mi vestido y sin mi pelo que me había cortado con una piedra, sin mi sombrero... yo no sentía la vida, yo no sentía la felicidad. Ahora sentía que no llegaría. Así que seguí caminando, sintiendo la brisa que ahora me resultaba fría, notando piedrecitas en la tierra fina que no se había convertido en adoquines, y con los árboles que soltaban las hojas a volar... ¿Vida, dónde estás? ¿Te desprendes de los árboles que estaban vivos y eran dulces? ¿Y el sol? ¿Por qué ya no brilla como antes? Magia, vuelve y hazle iluminar... ¡por favor! ¡Vida, no te vayas de mí! ¿Dónde estás?
Sentí que quería llorar. La vida que parecía que se acercaba me había dejado, no había llegado a sonreír, y había perdido a mis amigos que habían conocido la libertad... Me quedé parada, con frío, pensando si debía dar la vuelta y preguntándome a dónde iría a parar.
"No te quedes ahí" dijo alguien a mi lado. Me sorprendí, abrí mucho los ojos y miré a mi alrededor. Un poco de aire volvió a soplar, y vi a mi pelo volando, pasando justo junto a mí, para luego adelantarme y seguir adelante.
Y lo seguí. Iba muy rápido y tenía que correr para no perderlo. De repente dejé de verlo, y comencé a caminar despacio. Unos pequeños pasos después, encontré mi sombrero sobre mi vestido y mi cabello a la sombra de un árbol. Estaban justo a una cascada muy grande y bonita, donde los árboles volvían a tener vida y ser dulces, ya no perdían sus hojas y su color era más hermoso que nunca.
"¡Princesa!" dijo alguien a mis espaldas. Di un saltito sobresaltada y reconocí esa voz al instante. Me abrazó por detrás y rodeó mi pecho. Luego me dijo al oído, "¿quieres que nos demos un baño?".
¡Era él! ¡Había venido a verme!
Antes de responder, vi que mi pelo, mi vestido y mi sombrero seguían estando en mí: ¡había cerrado los ojos y me lo había imaginado todo!
Pero esto sí era real: estaba en la cascada, y él estaba a mi lado...
No pude hacer otra cosa más que sonreír. Le cogí la mano y nos fuimos a bañar, el agua estaba fresca, la brisa era maravillosa y desde que él había aparecido sentía una felicidad tan inmensa que por fin podía sonreír y reír.
Esto era la auténtica felicidad.
Era algo mágico.
Esto era la vida.
Cantnoy.
Pequeño habitáculo
martes, 26 de agosto de 2008
Tampoco es que tenga mucho sentido.
La verdad es que me da igual.
Lo he oído en todas partes. En todas las esquinas, en todos los rincones…
Pero es como oír a paredes.
Es fácil imaginar que todas esas personas están muertas, que no existen.
Es fácil imaginar que no hay nada.
Y agradable.
Descalza, comencé a caminar por el habitáculo oscuro. Estaba polvoriento, y un leve olor a moribundo flotaba en él.
Era como encontrarme entre la pena.
Me dirigí hacia la puerta. Mientras caminaba, pequeños trozos de cristal se clavaban en mis pies, que dejaban pequeños rastros de color rojo tras mi paso.
Y ¿qué era eso, si no sangre?
Un pequeño alo de luz se introducía por una rendija en un intento vano por iluminar mi gran pequeña estancia.
El polvo danzaba en un vaivén lento y dormijoso por el mísero rayo de vida que pretendía adentrarse en mi habitáculo. Como si quisiera salvarme, como si quisiera amarme.
Supongo que lo que yo quería era salir. Por algo me dirigía a la puerta.
¿Por qué no lo hice, entonces?
¿Acaso se adueñó de mí la hiena?
…
No recuerdo nada.
No sé cómo llegué hasta ahí. Tampoco si salí.
Sólo sé que ahora estoy aquí.
Pero ahora no huelo a moribundo. Tampoco la sangre de mis pies.
No siento el cristal del suelo ni el polvo flotando a mi alrededor.
Me pregunto por qué no puedo ver donde estoy.
Tal vez tenga los ojos cerrados. Los párpados unidos como cuando en mi habitáculo venía el oscuro y yo no quería verlo acercarse.
¿Y si los abro?
¿Debería estar asustada?
Puede que las personas normales sí.
Pero yo no estoy asustada.
Si de algo tengo miedo… no es de esta oscuridad.
Es de lo que veré cuando vea la luz.
…
Por favor, dame tu mano.
No me dejes sola.
